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| Midiendo fuerzas con su contrincante. |
Tras un intervalo de tiempo que se me hace eterno, el veterinario vuelve a por nosotros. No me gusta la expresión de su cara, pensativa. "Tengo dos noticias para ti... ". Ya me imagino la continuación, " ...una buena y una mala... ". Pero me dice " ...una buena y una extraña... ", y continúa, "el tamaño de su corazón está dentro de los límites normales, por lo que no parece que el soplo tenga consecuencias importantes en su funcionamiento, pero hemos detectado otra cosa, un cuerpo extraño en su tórax". Me lleva a la sala de reconocimiento, donde la placa aparece en la pantalla del ordenador. "¿Ves esto blanco de aquí? -es un mancha pequeña, de bordes nítidos y mucho más blanca que el resto de la radiografía- Fredo lleva en su cuerpo una bala". Lo miro atónito. ¿Le dispararon para matarlo? "No, si un cazador quiere matar a uno de estos perros no gasta una bala, normalmente lo cuelga. Seguramente fue un disparo accidental, al ser confundido con la presa o ponerse en la línea de tiro justo cuando dispararon". Me imagino el disparo, el dolor inmediato y la huída de Fredo. "No se aprecia ni la cicatriz en el cuerpo, así que ya hace tiempo que pasó. Se curó lamiéndose y esperando que cicatrizara la herida. Sin duda este perro tiene ganas de vivir".
Salimos de la consulta colapsados. Volvemos a Montjuïc, a que Fredo se relaje de su experiencia y a respirar un poco de aire y estirar las piernas. Nos cruzamos con unos trabajadores de la construcción. Transportan al hombro unos delgados hierros, que entrechocan y generan ruidos metálicos. Fredo huye despavorido. Los cazadores, pienso. Cree que son los cazadores. Esa misma noche, nos dará otra muestra de cómo le ha afectado el accidente. Está oscuro, paseamos por Montjuïc y, de repente, dos petardos resuenan en la distancia. Fredo tira de la rienda y se oculta tras un banco de madera. Nos costará unos minutos lograr que salga y vuelva a caminar confiado.
Fredo, el perro de porcelana con una bala en la recámara.

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